Pepa, Virginia y su amiga suman casi 300 años. Viven en la esquina, a 200 metros de mi casa y les encanta jugar al parchís, salir a buscar espárragos y cocinar paellas a leña para la familia y los amigos que, cada domingo, llegan temprano llenando de vida y sonido este pedacito de huerta. Las paredes de su vivienda lucen encaladas y una gran buganvilla preside el muro que comparte con Susi, mi otra vecina.

A ella nunca le había dolido nada. Nunca estuvo enferma. A los cuatro años se murió su padre que era guapísimo y trabajaba como barbero, dentista y comadrón. Pero su madre, según cuenta, no tenía mucho “empuje” y tuvo que pasar varios años en la Beneficencia de Valencia, cuando no había pinturas, ni arte, ni nada... Cuando el miedo a los largos pasillos obligaba a su vecinita de cama a orinar junto a la almohada… Allí escondía, junto a su hermano Luis, el cacho de pan que le daban las monjas para metérselo en el bolsillo a su madre cuando la encontraba camino del trabajo en una fábrica de fideos…