Leishmania. No es el nombre de un país lejano. Quizás Tolkien podría haberlo utilizado para dibujar una princesa protagonista de oscuras aventuras. En ese caso,  el autor no andaría nada desencaminado. Nada. Kala llegó una tarde, hace ya doce años. Entró en el camino que llega a casa con el trote alegre de un cachorro abandonado que por fin encuentra alguien con quien jugar. Aquel día abrimos la puerta y entró en nuestras vidas. Más tarde llegó Athos y lo acunó. Y le dio calor sin dejar paso a los celos que siempre acechan a las reinas destronadas. Hoy mismo sus ojos hablan de amor y sus orejas caen en reverencia estudiada cuando, simplemente, le miras.

La felicidad se aprecia por contraste, dicen, también que no es otra cosa que un estado de conciencia. Yo añadiría que “ la felicidad era cuando estábamos todos”, que tiene que ver con ambas. En estas fechas en las que parece que se acabe el mundo te pido un minuto para cerrar los ojos y regresar a tu Navidad, ya sabes, a esa que es patrimonio de la infancia. No puedes evitar sonreír, ¿verdad? Y no te digo que no te hayas acordado de aquel juguete especial, dentro del consumo material es el más emotivo, pero con toda probabilidad recuerdes de forma especial con quién lo compartías.  También  la música, las luces y los dulces. Y las risas. Porque un niño, una niña, pasa por alto la tensión con la que los adultos muchas veces nos enfrentamos a estas fechas, para guardar todo lo que huela a ilusión y aventura, y bien que hace, las necesitará de por vida cuando regrese al refugio de los tiempos en los que la felicidad se daba por hecha.