la mitad silenciada

El feminismo no tiene color y, menos, color político

La persona más feminista que he conocido en mi vida se llama Marina Izquierdo. Tuvimos, en multitud de ocasiones, largas charlas al calor de una [o varias] copa de vino en las que debatimos el papel de la mujer a través de la historia, en la sociedad, en la pareja, en el mundo laboral y en la familia. Después de muchos años nunca, y digo, nunca, en ninguna ocasión, hablamos de política. Ser mujer no es una cuestión política. El papel de la mujer en la sociedad no es cuestión de derechas ni de izquierdas. O eso pienso yo. Y casi puedo asegurar que ella pensaba lo mismo.

En esas charlas le preguntaba muchas veces si ella pensaba que era necesaria tanta movilización, por ejemplo, en un día como hoy. Yo tenía mis dudas…  Me reprendía dulce, pero firmemente, y me decía que todas las acciones para reconocer el papel de la mujer en el mundo eran pocas. En lo que estábamos totalmente de acuerdo es que resultaba feo, casi patético, que las acciones para defender el papel de la mujer se las adjudicara un partido u otro con el único objetivo de obtener una rentabilidad política, convirtiendo lo que debería ser natural, en una carrera hacia las urnas.

Marina es una de las mejores madres que he conocido en mi vida. La maternidad le cambió la vida y ese era un punto que nos unía. Hablábamos continuamente de lo maravilloso que era traer seres al mundo, del privilegio que suponía para una mujer parirlos, pero siempre estuvimos de acuerdo en que los hijos son de las madres y de los padres. O, mejor dicho, son seres libres, una vez llegan al mundo. Que el hecho de parir no supone la retirada del mundo laboral ni social. Al contrario de lo que la sociedad piensa, el ser madre te hace más sabia y te da todo el poder para poder llevar adelante cualquier empresa que se precie. Y también estuvimos de acuerdo en que decidir no ser madre no te hace ni peor persona, ni peor mujer.

La persona más femenina que he conocido en mi vida se llama Marina Izquierdo. Nunca sin sus tacones, sin sus labios pintados. Nunca sin su melena al viento, sin su anillo. La última vez que estuvimos juntas era verano. Ella había preparado unos bocatas y bajamos al río con las niñas. Se colocó su pamela y me dio una a mí. “Inmortalicemos el momento” y así fue. Reímos, paseamos, compramos aceite de su querida Teresa y llovió piedra, literalmente. Pero ella no perdió la elegancia ni un instante. Ni un instante en toda su vida.

Marina luchó para que se conocieran las mujeres que hacían cosas maravillosas en el mundo. A todos los niveles. Pensaba que debíamos estar  unidas, luchando por hacernos oír, por mostrarle al mundo todo lo que hemos hecho y que el hombre ha conseguido tapar. En ocasiones, por culpa nuestra.

Defendió, sin tregua, la educación para nuestros menores. Defendió una sociedad con una mujer en puestos de responsabilidad en todos los niveles sociales. Defendió las #mujeresfuertes y dio ejemplo siempre. Siempre. Ser mujer es un orgullo.

Chin-chin Marina. Este brindis es por las mujeres. Y por ti. Hoy y todos los días del año.

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