Leishmania. No es el nombre de un país lejano. Quizás Tolkien podría haberlo utilizado para dibujar una princesa protagonista de oscuras aventuras. En ese caso,  el autor no andaría nada desencaminado. Nada. Kala llegó una tarde, hace ya doce años. Entró en el camino que llega a casa con el trote alegre de un cachorro abandonado que por fin encuentra alguien con quien jugar. Aquel día abrimos la puerta y entró en nuestras vidas. Más tarde llegó Athos y lo acunó. Y le dio calor sin dejar paso a los celos que siempre acechan a las reinas destronadas. Hoy mismo sus ojos hablan de amor y sus orejas caen en reverencia estudiada cuando, simplemente, le miras.

Pepa, Virginia y su amiga suman casi 300 años. Viven en la esquina, a 200 metros de mi casa y les encanta jugar al parchís, salir a buscar espárragos y cocinar paellas a leña para la familia y los amigos que, cada domingo, llegan temprano llenando de vida y sonido este pedacito de huerta. Las paredes de su vivienda lucen encaladas y una gran buganvilla preside el muro que comparte con Susi, mi otra vecina.

Te pido dos minutos. Sí. Solo dos minutos porque voy a ser breve. Sé que el término feminismo incita a pasar de página. Por falta de tiempo, por hastío,por autodefensa, por manifestaciones radicales que confunden… Porque si la palabra feminismo pone nerviosa a la juventud , ya ni te cuento a quienes ya no lo son tanto...  Tic, tac. Dos minutos. Voy al grano. Yo te hago una pregunta y me respondes sin pensar, desde las tripas: ¿Eres feminista? Para respuestas, colores. Basta con que pruebes en tu entorno. Una reunión de amigos, una tertulia en el bar real o virtual, una cena familiar…y estalla la bomba de los agraviados e incluso de las que no se identifican con el mismo. Sí, también mujeres. Pero el asunto no es baladí. Porque te estoy preguntando si eres de quienes piensa que el  51 % de la humanidad, las mujeres, deben tener los mismo derechos que el 49 % de la humanidad, los hombres. Ni más ni menos.