Te pido dos minutos. Sí. Solo dos minutos porque voy a ser breve. Sé que el término feminismo incita a pasar de página. Por falta de tiempo, por hastío,por autodefensa, por manifestaciones radicales que confunden… Porque si la palabra feminismo pone nerviosa a la juventud , ya ni te cuento a quienes ya no lo son tanto...  Tic, tac. Dos minutos. Voy al grano. Yo te hago una pregunta y me respondes sin pensar, desde las tripas: ¿Eres feminista? Para respuestas, colores. Basta con que pruebes en tu entorno. Una reunión de amigos, una tertulia en el bar real o virtual, una cena familiar…y estalla la bomba de los agraviados e incluso de las que no se identifican con el mismo. Sí, también mujeres. Pero el asunto no es baladí. Porque te estoy preguntando si eres de quienes piensa que el  51 % de la humanidad, las mujeres, deben tener los mismo derechos que el 49 % de la humanidad, los hombres. Ni más ni menos.

La felicidad se aprecia por contraste, dicen, también que no es otra cosa que un estado de conciencia. Yo añadiría que “ la felicidad era cuando estábamos todos”, que tiene que ver con ambas. En estas fechas en las que parece que se acabe el mundo te pido un minuto para cerrar los ojos y regresar a tu Navidad, ya sabes, a esa que es patrimonio de la infancia. No puedes evitar sonreír, ¿verdad? Y no te digo que no te hayas acordado de aquel juguete especial, dentro del consumo material es el más emotivo, pero con toda probabilidad recuerdes de forma especial con quién lo compartías.  También  la música, las luces y los dulces. Y las risas. Porque un niño, una niña, pasa por alto la tensión con la que los adultos muchas veces nos enfrentamos a estas fechas, para guardar todo lo que huela a ilusión y aventura, y bien que hace, las necesitará de por vida cuando regrese al refugio de los tiempos en los que la felicidad se daba por hecha.

A ella nunca le había dolido nada. Nunca estuvo enferma. A los cuatro años se murió su padre que era guapísimo y trabajaba como barbero, dentista y comadrón. Pero su madre, según cuenta, no tenía mucho “empuje” y tuvo que pasar varios años en la Beneficencia de Valencia, cuando no había pinturas, ni arte, ni nada... Cuando el miedo a los largos pasillos obligaba a su vecinita de cama a orinar junto a la almohada… Allí escondía, junto a su hermano Luis, el cacho de pan que le daban las monjas para metérselo en el bolsillo a su madre cuando la encontraba camino del trabajo en una fábrica de fideos…