Mamá, ¿qué quieres que vuele?

con2trompas la manada

“Hija, no me gusta que camines tan cerca de los coches. No es solo por si se les escapa el volante, es que pueden parar a tu lado y de un agarrón se te llevan.”.

Eran los tiempos de la tristemente famosa furgoneta blanca que había sembrado el pánico entre la sociedad, y tras otros sucesos similares vino aquello de “si te pregunta alguien algo desde el coche, ni te acerques”. A lo que me contestaba, “eso sería de mala educación, mamá”. Cierto hija, pero “es la excepción que confirma la regla, aquí mejor maleducada que desaparecida”.

Pero no hace mucho, caminaba junto a ella por una calle estrecha, y con el agarrón hacia el portal de la Manada grabado a fuego, le espeté: “Cariño, no me gusta que camines tan cerca de los portales” Y mi hija, que hasta entonces huía de la cercanía de la calzada por consejo materno, para arrimarse a la parte interior de la acera, me preguntó “¿y qué quieres que haga, mamá? ¿Qué vuele?

Qué triste tener que educarlas en el miedo, en el cuidarse, en el mirar la vida desde la trinchera sabiendo que en cualquier momento ciertos hombres pueden exponerlas a ser carne de cañón en la batalla, esa que se libra día tras día mientras crecen en la invisibilidad de los códigos que nos transmitimos con el temor enredado en el ombligo. Y tú, que siempre has luchado por la libertad, que te has dicho que tus hijas crecerían libres, eres la primera que pones puertas al campo ante el temor de que un poco hombre pueda convertir sus vidas en un infierno.

Hoy han sentenciado los jueces. No es violación, es abuso. No hubo resistencia. Y yo que tengo a dos adolescentes como espigas, me pregunto cómo se combaten desde los cincuenta kilos de casi una niña paralizada por el miedo los casi quinientos de cinco bestias.

Así las cosas un nuevo nubarrón estira el chicle del miedo, porque, ¿en qué quedamos? Además de ir con las llaves en la mano, no acercarse a los coches, alejarse de los portales, ver cómo abren tu bebida en un pub delante de ti, no perder de vista tu vaso, no ir sola al servicio, volver a casa acompañada, y un tan largo etcétera que todas conocemos y que me hierve mientras escribo, ¿les decimos que si las atacan se resistan y que peleen hasta que acaben con ellas? 

Impotencia y frustración. Tristeza y una vez más tolerancia cero hacia la violencia.

Si han de volar nuestras niñas, que para eso criar es tejer alas, que sea hacia la vida en libertad y sin las ataduras del acecho que planea como una sempiterna amenaza.

Eduquemos a nuestros hijos para que nos respeten, hagamos entre todas y todos de esta sociedad un lugar más justo,  y nuestras hijas algún día podrán crecer sin el susurro del miedo en la nuca.

 

Marina IZQUIERDO

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