el hocico de Kala

Leishmania

Leishmania. No es el nombre de un país lejano. Quizás Tolkien podría haberlo utilizado para dibujar una princesa protagonista de oscuras aventuras. En ese caso,  el autor no andaría nada desencaminado. Nada.

Kala llegó una tarde, hace ya doce años. Entró en el camino que llega a casa con el trote alegre de un cachorro abandonado que por fin encuentra alguien con quien jugar. Aquel día abrimos la puerta y entró en nuestras vidas. Más tarde llegó Athos y lo acunó. Y le dio calor sin dejar paso a los celos que siempre acechan a las reinas destronadas. Hoy mismo sus ojos hablan de amor y sus orejas caen en reverencia estudiada cuando, simplemente, le miras. Ha librado mil batallas con mis hijos y los amigos de mis hijos, siempre vencedora, jamás algo que se asemeje a un gruñido, jamás una queja, a lo sumo, una retirada por el foro, tranquila y elegante, sin estruendos…

Con ella he aprendido lo que significa amar a los animales. Me ha acompañado muchas noches en vela, otras solitarias y ha estado presente en cientos de celebraciones familiares, siempre tranquila.

El pasado jueves Kala despertó temblando, más flaca que de costumbre, llorosa… con miedo…

Leishmania es un protozoo. Maligno. Muy maligno. Produce una enfermedad terrible en los perros. La transmite un mosquito con su pico infectado y produce infernales dolores. Ese protozoo vive ahora en Kala y ella mantiene su guerra particular. Pero no me cabe la menor duda: saldrá vencedora. El amor que recibe, el que percibe y el que ella misma produce le permitirá volver a bailar conmigo, cada día, al llegar a casa. Le permitirá también meter el hocico en la barbacoa para robar sin piedad cualquier salchicha que se ponga a tiro o comerse sin respirar los restos de la paella de los domingos.

Y vencerá. Porque sí. Porque no quiero vivir sin ella. Todavía no…

 

el hocico de Kala

 

Y vencerá. Porque la quiero. Porque no quiero vivir sin ella. Todavía no.

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