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La madre de Joaquín

 

Joaquín no tiene pelo. O, mejor dicho, sólo tiene pelo a rodales. Le crece mal desde hace cinco años porque tuvo un tumor en la cabeza y le afeitaron para operarle. Luego le cayó todo con la quimio y nunca más le volvió a salir bien. Joaquín tiene veintipocos años y es de un pueblo, pero no sé cuál. Su valenciano es perfecto, a mi me suena dulce. Mide casi dos metros y no es muy hablador.

Joaquín y su madre son nuestros compañeros de habitación en el hospital. Jorge, mi hijo pequeño, ha tenido una lesión en la rodilla este verano y, al final, ha tenido que pasar por quirófano. Cuando llegamos ayer estábamos solos. Solos y nerviosos. Pensando que aquello era una lesión grave.

Joaquín y su madre han llegado por la noche. El tiene su cabeza vendada y dormita, todavía, por efecto de la anestesia. Su madre le murmura algo al oído y él asiente. Ella se sienta a su lado. Y le mira con calma. Con amor inmenso. Con paz. Y toma su teléfono y su libro. Todo en ella está ordenado, bonito diría yo…

Y amanece.  Y Joaquín despierta. Su madre y yo cruzamos algunas palabras, sólo unos minutos. Me cuenta lo que acabo de contaros yo. Y también que Joaquín tiene una cicatriz que le cruza la cabeza y se la divide en dos hemisferios estériles  y  que lo lleva fatal. Y también me dice que ahora están contentos porque los médicos le han comunicado la posibilidad de implantar cabello.

La madre de Joaquín tiene los ojos claros. Es muy guapa. Me dice con su voz tranquila que no hay nada que produzca más dolor que ver a un hijo en la situación de Joaquín. Pero tiene esperanza. Porque ella, su madre, tiene un amor inmenso. Yo lo puedo notar… casi tocar.

Son las 11 de la mañana y los celadores entran en la habitación pronunciando en voz alta el nombre de mi hijo. Vienen a por él para llevarlo a quirófano y, mientras mi estómago se encoge, Joaquín come tranquilo una caracola de chocolate que le subió su madre hace un rato, cuando corrió rápida a tomar un café para no dejarlo sólo.

La madre de Joaquín y Joaquín sonríen a Jorge y le desean que todo vaya bien. Al volver a la habitación, horas después y superada la intervención, he encontrado una nota sobre el libro que me acompaña en estos días y que decía “Espero haya salido todo genial. Nosotros a casa. Besos”. Y se me llena el corazón. Porque ellos han tenido un minuto para pensar en mi hijo y en mi preocupación. Y me lleno también de agradecimiento.

Seguramente no los volveré a ver nunca. Pero tampoco los olvidaré. En esas cuatro paredes y en unas horas aprendí, más si cabe, la suerte que tengo porque mi familia está sana y tuve la suerte de sentir la limpieza y la calma de un amor puro, tranquilo, fuerte y generoso.

 

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