La bolsa o la vida…

A ella nunca le había dolido nada. Nunca estuvo enferma. A los cuatro años se murió su padre que era guapísimo y trabajaba como barbero, dentista y comadrón. Pero su madre, según cuenta, no tenía mucho “empuje” y tuvo que pasar varios años en la Beneficencia de Valencia, cuando no había pinturas, ni arte, ni nada… Cuando el miedo a los largos pasillos obligaba a su vecinita de cama a orinar junto a la almohada…

Allí escondía, junto a su hermano Luis, el cacho de pan que le daban las monjas para metérselo en el bolsillo a su madre cuando la encontraba camino del trabajo en una fábrica de fideos…

Allí se divertía con las matemáticas aunque no hubo dinero para ir a la Universidad…

Allí aprendió el oficio que ama: los hilos, las telas, los bordados… Y comenzó a coser. Y no paró. Dibujaba sus patrones para las mejores familias de Valencia, aunque ella nunca estrenó prenda porque le quitaba tiempo para trabajar… Cortó chaquetas, pantalones, vestidos de novias escondidas por un vientre inminente y maravillosos trajes de noche y gasa para jóvenes de la alta sociedad.

Se casó, ya mayor, más por las ganas de salir de su casa que por amor. Y seguía cosiendo… Y tuvo un marido con problemas y un perro lobo al que adoraba y que le acompañaba en sus largas noches compartidas con su mejor amiga: su Singer.

Le encanta el dulce. Y el ajo. Y las mandarinas. Y las morcillas. Y bailar. Y reír.

Me parece raro cuando pienso que hace unos meses no la conocía. El destino (o no) me puso en su camino y a ella en el mío. El destino (o no) hizo que probablemente la mejor cirujana del mundo le salvase la vida al acabar con aquel brutal cáncer que le ha dejado una pequeña ventana, muy cerca del ombligo, por donde su cuerpo, cansado, descarga lo que sobra del día.

Bromeamos con su dentadura cada noche cuando le pongo el perfume de narcisos que a mí me encanta, aunque ella prefiere su Agua Brava de toda la vida. Y me mira. Cada día. Cada noche. Y se ríe con los ojos. Y me da las gracias. Y yo también se las doy… Y reímos de nuevo. Reímos fuerte y con ganas, hasta llenar los ojos de esas lágrimas que saben muy bien.

Tiene 85 años y hace dos meses que pasó ocho horas en un quirófano de La Fe. Al día siguiente, Pepa, la enfermera, entró en la habitación con un montón de abalorios e instrucciones para explicarle su nueva vida. Ella le sonrió y le dijo: “vamos allá!. Ejemplo de coraje. Ejemplo de fortaleza.

Cuando Pepa salió de la habitación, la tía Amparo miró su vientre cosido  y con una sonrisa verdadera me dijo “pues sí, es muy cierto aquello de la bolsa o la vida…”

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