Huecos en la mesa

La felicidad se aprecia por contraste, dicen, también que no es otra cosa que un estado de conciencia. Yo añadiría que “ la felicidad era cuando estábamos todos”, que tiene que ver con ambas. En estas fechas en las que parece que se acabe el mundo te pido un minuto para cerrar los ojos y regresar a tu Navidad, ya sabes, a esa que es patrimonio de la infancia. No puedes evitar sonreír, ¿verdad? Y no te digo que no te hayas acordado de aquel juguete especial, dentro del consumo material es el más emotivo, pero con toda probabilidad recuerdes de forma especial con quién lo compartías.  También  la música, las luces y los dulces. Y las risas. Porque un niño, una niña, pasa por alto la tensión con la que los adultos muchas veces nos enfrentamos a estas fechas, para guardar todo lo que huela a ilusión y aventura, y bien que hace, las necesitará de por vida cuando regrese al refugio de los tiempos en los que la felicidad se daba por hecha.

La vida es cicatera y conforme abre la mano para regalarnos nuevos amores se lleva los otros, aquellos que han sido nuestros pilares quizá para enseñarnos, de golpe, que nos preparemos para ser columnas. Y de repente, a la mesa, esa patria común en la que se come, se bebe y hasta se brinda, se sientan las ausencias. Las primeras son terribles pero poco a poco las vivencias compartidas, las enseñanzas y las anécdotas copan los huecos en la mesa.  Y el ser querido que ya no está revive donde siempre fue feliz, quizá incluso sin saberlo, rodeado de quiénes realmente importaban y en la cotidianidad de la celebración.

Una nueva Navidad, estás de suerte. Sobre todo porque estás vivo. Sí, viva. El objetivo primero de la vida. Vivir. Y si además tienes la suerte de no contar con huecos en la mesa que sepas que te ha tocado la Lotería de Navidad. Así que no te quejes y disfrútala. Y si los tienes, brinda en su recuerdo, mándales un beso y habla de ellos a quienes no tuvieron la suerte de disfrutarlos tanto como tú.

Cuenta hasta cien. Comparte, perdona, relativiza… Haz la foto y esconde el móvil. No protestes y olvídate del trabajo y del mundo en esas cenas y comidas con amigos y colegas. Consiente a tus mayores y déjales que cuenten una vez más aquello que te sabes de memoria o ayúdales a recordar. Sal a la calle. Sé turista en tu ciudad. Contagia a tus hijos, sobrinas, nietos, de la magia de despedir un año e ilusionarte con los proyectos del nuevo que son gasolina para el alma. Porque la Navidad es patrimonio de la infancia y siempre recordamos y algún día recordarán lo que hoy es el oro de nuestro siglo: el tiempo compartido.

Comparte esta entrada...
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on TumblrShare on Google+

Comments

comments