Deberes sí deberes no

Deberes, exámenes y puentes

Deberes sí, deberes no. Y como siempre, tantas perspectivas como circunstancias. Porque no es lo mismo ser profesora que ser madre que ser abuela que ser alumna, por no hablar de formar parte de la administración educativa, sindicatos o asociaciones. He transitado por muchos de estos caminos a lo largo de mi vida y hoy, con dos hijas que sufren a diario los deberes, protagonistas de la agenda mediática de noviembre, cuesta más ser objetiva. Sobre todo porque cuando se trata de nuestros hijos la subjetividad siempre subyace.

Como profesora he puesto deberes y los considero necesarios para reflexionar en solitario sobre lo aprendido y aprehendido en clase; un refuerzo continuo de cara al examen que habrá sobre la asignatura y que evitará atracones de última hora. Como madre también lo creo. Aunque como ambas coincido en la necesaria racionalización de los mismos.

No me parece bien echar un pulso a la escuela porque el respeto al profesor, supuesto y necesario referente en el desarrollo educativo, ya está suficientemente zaherido como para armar a niños y a niñas de razones para contribuir a perdérselo.

No me parece bien someter a nuestros estudiantes a esas jornadas maratonianas y robo de horas de sueño cuando los más pequeños necesitan jugar y los más mayores seguir socializando fuera de las aulas, por no hablar de extraescolares, refuerzos y entrenamientos deportivos varios.

No me parece bien que cuando haya un puente se decida que es el tiempo ideal para que pueda estudiar más y se ponga un examen justo el día de regreso. Se “castiga” a la familia entera y de paso redunda negativamente en la economía de nuestro país porque el turismo familiar nacional acusa el golpe y nos priva, además, del aprendizaje que nos brinda viajar. Por no hablar de la felicidad de la familia que espera como agua de mayo este balón de oxígeno así diluido en el encierro obligado sin tiempo ni siquiera para compartir en casa.

PACTO EDUCACIÓN

El debate no es baladí, como no lo es todo lo que concierne a la Educación. De hecho y con el temido informe PISA pisándonos los talones, yo diría que apremia.

Un debate en el que la racionalización de los horarios es clave. Porque queremos una educación a la finlandesa sin comportarnos como ciudadanas y ciudadanos finlandeses. Y cuando nos comparamos, algo que nos encanta, escogemos para dar solidez a nuestros argumentos aquello que nos da la razón: los muchos países europeos que rinden más que el nuestro y cuyos estudiantes no tienen deberes. Pero hay que contextualizar esos éxitos en las circunstancias en que se dan: países con horario escolar intensivo, con centros gratuitos donde los estudiantes pueden quedarse si fuera necesario y con familias que pueden conciliar porque terminan de trabajar a las cuatro o cinco de la tarde.

Sigue pendiente el gran pacto sobre esa Educación fundamental para construir una sociedad mejor: más justa, más sabia, más empática y más honrada. Un debate que no puede solo reducirse a deberes sí o deberes no sino que supone la necesaria revisión de nuestro modelo actual de vida. Porque no solo nuestras hijas e hijos están condenados a jornadas laborales interminables, los adultos también. Y así, poco tiempo y pocas ganas restan para compartir.

Marina IZQUIERDO

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